LA MEMORIA COMO UNA OPERACIÓN DE ESCRITURA DE LA NUEVA NOVELA HISTÓRICA. A PROPÓSITO DE LA NOVELA DE PERÓN DE TOMÁS ELOY MARTÍNEZ
El registro de la memoria en La novela de Perón (1985)[1] de Tomas Eloy Martínez constituye una elección entre la pluralidad de operaciones que se registran en la escritura de la novela histórica. Esta operación lleva a establecer uno de los postulados fuertes de la nueva novela histórica, aquel de presentar una visión degradada e irreverente de la Historia. Así, el entrecruzamiento de voces en la novela implicará un juego dialógico entre la memoria de la reciente Historia y la memoria de su protagonista. Este juego plasmará en el texto una relación entre el presente y el pasado referido, como una respuesta de representación en la que una comunidad trata de reconocerse en la definición del curso y el sentido de su historia. En la novela esto se logra por medio de la operación de la memoria.
Perón es el hombre factual y, a la vez, la ficción misma. Su historia constituye la novela que oscure por momentos el registro de la memoria y por otros, aclara el sentido de la misma. Hay otra verdad que estará en las memorias y que el autor-narrador hará tangibles.
La operación histórica elegida por este narrador es hacer que las voces reflexionen y, a través de ellas, dejar las marcas y los espacios por donde aparece su voz. No es un autor implícito con un metadiscurso de aserciones explícitas sino un autor impersonal que deja hablar a varias voces.
El narrador habla y es hablado. Por su lengua hablan los códigos de la lengua que construye un texto abierto a distintas interpretaciones. Así, la voz del narrador es múltiple siendo una. Su enunciación actualiza lo ya escrito (las memorias, los testimonios) y logra que la voz que cita se confunda con las voces citadas, de forma tal de posibilitar la pluralidad de significados en el texto. Dialoga imaginariamente con sus personajes, construyéndoles pensamientos y palabras, contestándoles en complicidad.
Los personajes, cuya voz se cita, adoptan fugazmente el papel del narrador. Por ejemplo, en los testigos y en ciertos casos en los que la autenticidad del mundo cae en confusión entre voz del narrador y voz del personaje. Todas las voces hablan en la voz del narrador; son las múltiples perspectivas de su ojo. Estas voces no tienen fuerza ilocucionaria fuera de la ficción, de manera que no comprometen al autor pero sí al personaje. Se evidencia distanciamiento del narrador respecto del discurso al no asumir la primera persona, distanciamiento que alude a un oscuro instinto defensivo que lo hace hablar como si fuera otro pero inevitablemente como él lo dice: “Ya es tiempo de mostrarme tal cual soy” y construye esta novela.
Hay en esta figura de narrador un desdoblamiento que nos enfrenta con tres instancias relacionadas: novelista, lector, escritor. Es éste un punto esencial en esta novela histórica. Si tomamos la consideración de Seymour Menton en La nueva novela histórica de la América Latina[2]deberíamos puntualizar que La novela de Perón se aleja de la concepción de toda novela histórica porque la misma no alude a la narración de hechos que ocurrieron en el pasado del escritor. Los hechos que rescata Tomás Eloy Martínez están próximos a su presente. De ahí que considero que la elección de instaurar la verdad de los hechos a través de la ficcionalización de la memoria es la clave de la novela.
Es, por lo tanto, genuinamente significativa la elección de los epígrafes. Me interesa recordar el primero de ellos: “Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos.” Ernest Hemingway, prefacio de París era una fiesta.
Esta referencia al lector está postulando en la novela estos planos de quien escribe la historia: el novelista, el lector, el escritor. Estas instancias peculiares del narrador se desdoblan en el texto gracias a la inscripción de la memoria. Lo que permite su rescate es la escritura que se planteará como una búsqueda de sentido. La dimensión significativa de la escritura se abre para resignificar la HISTORIA a fin de constituir la experiencia común de los hombres y de la historia. Esta búsqueda de sentido obtiene en el texto un valor en sí misma. Entonces, este lector que se siente identificado en la voz del periodista- novelista que busca lo acallado por la historia oficial en los papeles imaginarios de la memoria, estará frente a una novela que puede tomar como obra de ficción, aquella que intente rastrear la verdad de los hechos en las voces acalladas.
“Voy a seguir contándole todo en primera persona porque ya es hora de que las máscaras bajen la guardia...”, había dicho este narrador y sus diferentes máscaras. Dejarlas de lado en el acto escriturario mismo supone, también, dejar de lado las máscaras que ha tenido la historia y así, encontrarnos con la memoria. Este gesto se vincula con la inscripción del mito que posibilita un conocimiento de mundo.
El novelista pretende fijar por medio de la escritura la memoria del pueblo, sus voces silenciadas, ausentes de la historia oficial. Aquí, la voz del escritor se hace presente trayendo todas las demás voces al universo del texto. Su proyecto de escritura lo hace posible porque puede erigir esto debido a que puede erigir una verdad distinta a la que la historia plantea como irrefutable. Estas voces que el narrador trae al texto producen sentido y reescriben otro registro de los hechos.
Lo único que ha sentido con cierta nitidez es el miedo, y quisiera desrecordarlo- afirmar que el miedo no existe ahora y que por lo tanto pudo(debió) no existir nunca. No ha sido el trivial miedo a la muerte sino a lo que es peor: miedo a la historia. Ha sufrido pensando que la historia contará a su manera lo que él calló. Que vendrán otros a inventarle una vida. Ha temido que la historia mienta cuando hable de Perón, o que descubra que la vida de Perón le ha mentido a la historia. Tantas veces lo ha dicho: un hombre sólo es lo que recuerda. Debiera decir, más bien: un hombre sólo es lo que de él se recuerda. (p. 101.)
Las diferentes voces de la memoria darán cuenta de lo que de Perón se recuerda. Los relatos servirán para fundar los lugares de la memoria, es decir aquellos que brindan explicaciones acerca del mundo y le dan organicidad.
El “miedo” de Perón se concreta. Los lugares de la memoria darán otra explicación de su persona y así, el haber sido se plantea como problemático en la precisa medida en que no es observable. De ahí su miedo: “ el hombre es lo que se recuerda de él” y esto es tangible por medio de la escritura de la memoria. La ficción de la misma hará reveladora y transformadora la historia en la medida que plantea una nueva versión en la que el pueblo puede reconocerse.
De este modo, de la confluencia e interacción de las operaciones encontramos una “puesta en letra” que inscribe a la novela en una pluralidad de textos que la ubicarán dentro de la “significancia” global de un conjunto cultural.
La idea de un lector que se desdobla en la figura del novelista evidencia la repercusión de la “empresa” de la novela histórica ya que está pidiendo un cierto público que acepta el juego ficcional y lo demanda. Tal requerimiento se produce no sólo por necesidad ideal de identificación sino también a causa de la puesta en marcha de un imaginario que admite, conoce y sostiene el concepto de ficción. Es este lector el que está pidiendo Tomas Eloy Martínez.
El público forma parte de las voces acalladas. Que estas voces encuentren un lugar de manifestación es, en definitiva, hacer que encuentren el lugar que la historia oficial no les ha otorgado y lograr que sus historias existan porque “toda historia sólo existe por obra de las palabras”. Nuevamente, reafirmamos que la escritura permite el rescate de la memoria.
Las voces que aparecen son las de la memoria, no las de la Historia. No se trata de encontrar la verdad o realidad positiva y objetiva. Los relatos están compuestos de elementos, versiones y cuestiones ”problemáticas”: la verdad – esa que la cultura europea ha señalado como sinónimo de lo cierto, lo evidente y lo exacto- pareciera que no terminara de aparecer por ninguna parte.
En efecto, en esas historias siempre es central lo secreto, lo oculto; aquello que sólo la escritura puede develar.
La escritura cumple la función de significar, de dar sentido a las voces pero de ninguna manera el sentido se cierra o monumentaliza, como en el discurso histórico. Al contrario, el lector es quien puede – y debe – decidir; es quien puede y debe significar.
Esta otra historia no puede ser creada a imagen y semejanza de la institución Historia, con sus mismos métodos y discursos. No, la otra historia debe conformarse a partir de dejar que la memoria se manifieste, con todo lo que esto implica: abandono en la creencia de una verdad única, ya que la memoria, en tanto está en evolución permanente, es inconsciente de sus deformaciones sucesivas. Se debe aceptar que todas las voces, aún con sus divergencias, encuentren su lugar de expresión, ya que la memoria es por naturaleza múltiple y desmultiplicable, colectiva, plural e individualizable. Se postula la restitución de una escritura que se pretenda trascendente y que la memoria instale el recuerdo en lo sagrado. Todos estos elementos aparecen en el proyecto escriturario de la novela dado que a la memoria se la conferirá el poder de escapar de la muerte; la restitución de algo perdido: la identidad de voces que se erigen en las de un pueblo[3].
Será ésta una identidad cultural, la que a través de la escritura de la memoria encuentre el sentido de su pasado y resignifique su historia. Será la que posibilite que una comunidad pueda mirarse en la inscripción de un pasado que fue oscurecido por la institución histórica.
La patria se conformará en testigo en la figura del periodista quien expondrá un registro de los sucesos verdaderos. La memoria inscribirá la cultura que nos reúne en un mismo pasado que se identifica con las voces de la novela.
En esta novela, Tomás Eloy Martínez ha canalizado ciertas necesidades analíticas propias de la situación de cercanía con los hechos ocurridos en una genuina toma de posición a fin de establecer su propia mirada frente a la historia de la que formó parte. De esta manera, La novela de Perón cuestiona la verdad, los héroes y los valores monumentalizados por la Historia oficial, al mismo tiempo que presenta una visión diferente de la historia en la elección del registro de la memoria. Es, en definitiva, un nuevo cuestionamiento a la capacidad del discurso de aprehender una realidad histórica, problematizando, a su vez, la relación entre la ficción y la Historia.
La novela de Perón ha encontrado un modelo de representación de la realidad a través de la memoria, un punto preciso en el que una cultura ha llegado a verse a sí misma en la articulación entre la realidad de los hechos y la ficción de la historia.
[1] Todas las citas de la obra analizada remiten a Tomás Eloy MARTÍNEZ. 1996. La novela de Perón. Buenos Aires: Planeta.
[2] Seymour MENTON. 1993. La nueva novela histórica de la América Latina. 1979-1992. México: Fondo de Cultura Económica
[3] El concepto de lugares de memoria y toda la conceptualización referida a memoria e historia que aparece en el presente trabajo pertenece a Pierre Nora. En: Nora, Pierre.1984. Les lieux de Mèmoire. Paría: Gallimard.